Morir para renacer

Las antiguas culturas de todos los lugares del acaban de celebrar el solsticio de invierno. El sol en esta época está más alejado, hace más frio y hay más escasez de todo.

En casi todas las culturas del mundo se ha marcado el solsticio de invierno como un día de renovación o de cambio. El 21 de diciembre es el día más corto del año en nuestro hemisferio y a partir de ahí los días ya empiezan a ser más largos y las noches más cortas.

Este fenómeno natural aparenta que, a lo largo del año, el sol no sale ni se pone siempre desde el mismo lugar: da la impresión de que recorre toda la bóveda celeste alcanzando su punto más alto por ahí del 21 de marzo y en diciembre lo vemos más bien de lado. Es por estos días que parece que se detiene por completo y que no recorre más el cielo: de hecho la palabra solsticio significa “Sol detenido”.

Los aztecas se dieron cuenta de que por unos días el sol no se mueve, así que festejaban el “nacimiento” del siguiente ciclo. Esta celebración era parecida a la Navidad, pero celebraban el nacimiento de Huitzilopochtli.

La religión cristiana asimiló estas fiestas solsticiales a sus propios ritos y símbolos. Por eso se colocan luces en los árboles, a semejanza de las antorchas que antiguamente se colocaban en el norte de Europa, en los árboles, para iluminar el camino y el lugar de la celebración. El intercambio de regalos también vine de entonces al igual que la fecha del nacimiento de Jesús el Cristo. El niño Jesús pasa a simbolizar para los cristianos la idea de solidaridad, amor y esperanza.

La palabra Navidad viene del latín “nativitas” que significa “Nacimiento representa el nacimiento de Jesús el Cristo para los cristianos, de Huitzilopochtli para los Aztecas y supone para todos con independencia de las creencias y cultura una oportunidad para buscar a nuestro Maestro interior y renacer a lo que nos brinde la experiencia de vivir.

Renacer es experimentar en vuestra vida un segundo nacimiento. Obviamente no se trata de un nacimiento físico, es decir, volver a ser niño, sino un renacimiento espiritual y también emocional y mental. La palabra “renacer” implica muerte, pero en este caso no se trata de una muerta física, sino de morir a todo aquello que no ayuda a crecer como persona.

Así como un vaso lleno no podrá rellenarse con nada nuevo, tampoco es posible la transformación y la renovación sin estar dispuesto al cambio.

Cuando se está listo para cerrar una etapa la vida e iniciar una nueva, aparece una muerte que según nuestro nivel de dependencia o apego hacia la vieja etapa es más o menos dolorosa a nivel de intensidad.

Esta muerte conlleva muchas veces al sufrimiento, soledad, llanto, desorientación, rabia, sentimiento tremendo de injusticia… porque al fin y al cabo supone dejar atrás parte de lo que uno es o con lo que uno se identifica, para entrar en un terreno desconocido e incierto y por tanto tener el coraje de abandonar la seguridad de lo conocido para adentrarnos en la incertidumbre de lo que nos queda por conocer.

Esto hasta que se agota el proceso de duelo y ya estamos listos para volver a nacer.

Naceremos, entonces de nuevo, sorprendiéndonos de la vida, de lo que nos rodea y sobre todo de nosotros mismos porque nada es más gratificante que agradecer lo vivido, aceptarlo como necesario para ser quienes somos, atrevernos a vaciarnos para llenarnos de nuevo y entender que la vida es una constante escuela con infinitas posibilidades.

 

Feliz Navidad

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