Publicado el por Ana Ocaña Mateos, Psicóloga Sanitaria · Col. M-28828

Capturas de pantalla guardadas en una carpeta oculta del móvil. Correos reenviados a una dirección que nadie conoce. Notas fechadas en una libreta, por si algún día hacen falta. Conversaciones reconstruidas palabra por palabra, una y otra vez, para comprobar que la memoria no falla. Y la búsqueda de alguien, un amigo, un familiar, un compañero, que estuviera presente y pueda confirmar que aquello ocurrió.
Este es el trabajo silencioso de muchas personas que han vivido una relación de maltrato psicológico, un abuso en la familia o un acoso en el trabajo. No basta con haber sufrido el daño. Además, hay que demostrarlo. Y en ese esfuerzo agotador por ser creídas, muchas acaban sufriendo una segunda herida, a veces más profunda que la primera: la de tener que defender su propia realidad frente a quienes la ponen en duda.
Cuando el problema pasa a ser la credibilidad
Lo que debería ser una conversación sobre lo ocurrido se convierte en una discusión sobre si ocurrió. La atención se desplaza de quien hizo el daño a quien lo cuenta. Se examinan sus palabras, su tono, sus emociones, su historia. Se le pregunta por qué no se fue antes, por qué no lo dijo en su momento, por qué ahora, por qué de esa manera.
La persona descubre que no le basta con decir la verdad. Tiene que parecer creíble. Tiene que contar los hechos sin contradicciones, con la emoción justa: ni demasiado alterada, porque parecerá desequilibrada, ni demasiado tranquila, porque parecerá que no fue para tanto. Y esa exigencia imposible recae precisamente sobre alguien cuyo sistema nervioso todavía está intentando procesar lo vivido.
DARVO: cuando quien hace daño se presenta como víctima
La investigadora Jennifer Freyd, de la Universidad de Oregón, describió hace décadas una estrategia muy frecuente en quienes ejercen violencia cuando se les confronta: negar lo ocurrido, atacar la credibilidad de la víctima e invertir los papeles, presentándose como el verdadero perjudicado. La denominó DARVO, por sus siglas en inglés: Deny, Attack, and Reverse Victim and Offender.
Sus estudios experimentales han medido el efecto de esta estrategia en quienes la presencian. En una investigación publicada en el Journal of Aggression, Maltreatment & Trauma, las personas expuestas a un relato con DARVO percibían a la víctima como menos creíble, más responsable de la violencia e incluso más agresiva, y al agresor como menos responsable (Harsey y Freyd, 2020). Dicho de otro modo, la estrategia funciona: consigue que el entorno dude de quien sufrió el daño.
El mismo estudio aportó un dato esperanzador. Cuando a los participantes se les explicaba previamente en qué consiste DARVO, su efecto se reducía: la víctima resultaba más creíble y el agresor menos. Conocer el mecanismo protege frente a él.
El efecto sobre la propia víctima
DARVO no solo confunde al entorno. También confunde a quien lo recibe. Investigaciones del mismo grupo han encontrado que las personas que reciben este tipo de respuesta al confrontar a quien les hizo daño tienden a culparse más de lo ocurrido (Harsey, Zurbriggen y Freyd, 2017), y estudios más recientes asocian la exposición a DARVO con más síntomas postraumáticos (Durland, Harsey y Freyd, 2025).
Es la misma lógica que sostiene el gaslighting: a fuerza de escuchar que lo vivido no fue así, que se exagera, que se recuerda mal, la persona empieza a dudar de su propia percepción. Y entonces guardar pruebas deja de ser solo una forma de convencer a los demás. Se convierte en una forma de convencerse a sí misma de que no se está volviendo loca.
La segunda herida: cuando el entorno no cree
Si DARVO describe lo que hace quien agrede, Jennifer Freyd y Carly Smith describieron también lo que pueden hacer las instituciones: la traición institucional. Ocurre cuando una familia, una empresa, un centro educativo o un sistema que debería proteger reacciona minimizando, silenciando o castigando a quien denuncia. Sus investigaciones mostraron que esta traición añade daño psicológico al daño original (Smith y Freyd, 2014).
En la clínica aparece con mucha frecuencia una versión cotidiana de esta experiencia. La madre que responde «tu padre no es así». El amigo que propone escuchar las dos versiones. El compañero que prefiere no meterse. La familia que pide no remover las cosas. Cada una de estas respuestas, por pequeña que parezca, confirma el miedo más profundo de quien ha sufrido el daño: que lo que vivió no importa, o que no es real. Es una experiencia muy próxima a la del chivo expiatorio familiar, cuya voz se desacredita precisamente por nombrar lo que el sistema prefiere callar.
La vergüenza de necesitar pruebas
Hay una vergüenza muy particular en todo este proceso. La de verse guardando capturas como si se preparara un juicio. La de contar la historia por quinta vez esperando, de nuevo, una reacción que no llega. La de sentir que se suplica algo que debería darse por hecho: ser creída.
Esa vergüenza suele dirigirse hacia dentro. «Quizá estoy exagerando». «Quizá soy yo». «Si nadie me cree, a lo mejor no fue tan grave». Y aquí está el núcleo del daño: la invalidación externa termina convirtiéndose en invalidación interna. La persona ya no necesita que nadie dude de ella, porque ha aprendido a dudar por su cuenta.
El agotamiento de vivir en modo defensa
Reconstruir conversaciones, anticipar objeciones, preparar argumentos, revisar mensajes antiguos para comprobar que la memoria es fiable. Todo esto mantiene al sistema nervioso en estado de alerta permanente. La persona sigue viviendo dentro de la relación que la dañó, aunque ya haya salido de ella, porque una parte de su energía sigue dedicada a demostrar que fue real.
Ese estado tiene un coste. Insomnio, rumiación, dificultad para concentrarse, irritabilidad, sensación de estar siempre a la defensiva. Y algo más silencioso: la vida se detiene. Mientras la prioridad sea que alguien reconozca lo ocurrido, es muy difícil ocuparse de lo que viene después. Como explico en el artículo sobre el impacto del abuso en el cerebro, la identidad y el cuerpo, el trauma consume una cantidad enorme de energía que deja de estar disponible para vivir.
Recuperar la confianza en la propia percepción
La recuperación no empieza cuando por fin todo el mundo cree. Muchas veces eso no ocurre nunca. Empieza cuando la persona deja de necesitar que la crean para saber lo que vivió.
Ese desplazamiento es central en el trabajo terapéutico. Supone, en primer lugar, un espacio donde el relato se escuche sin interrogatorio, donde no haga falta aportar pruebas para ser tomada en serio. Para muchas personas, la experiencia de ser creídas por primera vez tiene un efecto reparador inmediato.
Supone también comprender los mecanismos. Saber qué es DARVO, qué es el gaslighting, por qué el entorno a veces elige no ver, permite colocar la duda fuera, donde corresponde, en lugar de dentro. Como mostraron los estudios de Freyd, conocer el mecanismo reduce su poder.
Supone, además, trabajar con el cuerpo y con la memoria. La duda sobre la propia percepción no se resuelve solo con argumentos. Abordajes como EMDR y la Integración del Ciclo Vital permiten procesar los recuerdos traumáticos y las experiencias de invalidación, de modo que la memoria deje de vivirse como algo frágil que hay que defender constantemente. Dentro de un trabajo más amplio sobre trauma y apego y recuperación del abuso narcisista, la persona puede reconstruir poco a poco la confianza en lo que percibe, siente y recuerda.
Por último, supone elegir dónde poner la energía. A veces hay que seguir defendiendo la propia realidad: en un proceso judicial, en una separación, en la custodia de los hijos. Pero en muchos otros espacios se puede soltar la necesidad de convencer a quien no quiere escuchar. Dejar de explicarse ante quien ha decidido no creer no es rendirse. Es recuperar la energía para la propia vida, y a veces exige poner distancia, como desarrollo en contacto cero con la familia.
Lo que viviste fue real
Tener que demostrar que te hicieron daño es una forma de daño en sí misma. Obliga a revivir lo ocurrido, a someterse al juicio ajeno y a dudar de la propia memoria. Pero hay algo que conviene escuchar con claridad: la falta de pruebas no es falta de verdad, y la incredulidad de los demás no cambia lo que ocurrió.
La autoestima que se reconstruye después de una experiencia así no se apoya en la aprobación ajena, sino en algo más sólido: la capacidad de decir «esto fue real» sin necesitar que nadie lo firme. Y la brújula interna, tanto tiempo desacreditada, puede volver a ser la referencia.
Si te reconoces en esta experiencia, en el Gabinete de Psicología Ana Ocaña (sobre mí) acompaño procesos de recuperación tras el abuso, el trauma relacional y la invalidación, de forma presencial en Chamberí y Alameda de Osuna (Madrid) y online. Puedes escribirme desde la página de contacto.
Referencias
Durland, M., Harsey, S. y Freyd, J. J. (2025). Assessing perpetrator responses to confrontation: Associations with a DARVO-SF and post-trauma symptoms in two different populations. Journal of Trauma & Dissociation. https://doi.org/10.1080/15299732.2025.2599757
Harsey, S. y Freyd, J. J. (2020). Deny, attack, and reverse victim and offender (DARVO): What is the influence on perceived perpetrator and victim credibility? Journal of Aggression, Maltreatment & Trauma, 29, 897–916. https://doi.org/10.1080/10926771.2020.1774695
Harsey, S., Zurbriggen, E. y Freyd, J. J. (2017). Perpetrator responses to victim confrontation: DARVO and victim self-blame. Journal of Aggression, Maltreatment & Trauma, 26, 644–663.
Smith, C. P. y Freyd, J. J. (2014). Institutional betrayal. American Psychologist, 69(6), 575–587. https://doi.org/10.1037/a0037564
Ana Ocaña Mateos · Col. M-28828 · anaocana.com
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© Ana Ocaña Mateos (M-28828) · Psicóloga sanitaria, +25 años de experiencia. Especialista en trauma, apego y crisis vitales. EMDR · Sistémica · Humanista · ICV · Counselling. Madrid y online. www.anaocana.com
Ana Ocaña Mateos · Psicóloga Sanitaria · Colegiada M-28828. Este artículo tiene finalidad divulgativa y no sustituye una evaluación psicológica individualizada.
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