Publicado el por Ana Ocaña Mateos, Psicóloga Sanitaria · Col. M-28828

«No eres mi hijo». La frase suele salir en mitad de una discusión, cargada de cansancio, y casi siempre después de mucho tiempo callada. Quien la pronuncia lleva meses, a veces años, recordando citas, anticipando necesidades, organizando la casa, calmando los enfados del otro, interpretando sus silencios y sosteniendo una vida en común que, en la práctica, gestiona casi en solitario. Y un día descubre que ya no se siente pareja de nadie. Se siente madre, terapeuta, secretaria y gestora emocional de un adulto.
La infantilización de la pareja ha vuelto estos días a la conversación pública, y con razón. No es una queja menor ni un problema de reparto de tareas que se arregle con una lista en la nevera. Es una forma de desigualdad que se instala poco a poco, que erosiona la admiración y que, como muestra la investigación, tiene un efecto muy concreto sobre el deseo.
Cómo se construye la desigualdad
Nadie decide un día convertirse en cuidadora de su pareja. El desequilibrio se construye en pequeños gestos que, al principio, parecen generosos o prácticos. Una persona se adelanta porque lo hace más rápido. Recuerda el cumpleaños de la suegra porque al otro se le olvida. Explica cómo sentirse en una conversación difícil porque el otro no sabe ponerle palabras. Suaviza los conflictos con la familia, con los amigos, con los compañeros de trabajo. Y el otro, sin mala intención en muchos casos, se acomoda.
La terapia familiar sistémica describe este patrón como una dinámica de sobrefuncionamiento e infrafuncionamiento: cuanto más se ocupa uno, menos se ocupa el otro, y cada movimiento refuerza al contrario. Quien sobrefunciona se siente imprescindible y agotado; quien infrafunciona se siente cómodo, a veces controlado y, con frecuencia, incapaz de hacer las cosas «bien» a ojos del otro. Ninguno de los dos ha elegido el reparto, pero los dos lo sostienen.
La carga que no se ve
La socióloga Allison Daminger, de la Universidad de Harvard, analizó en un estudio publicado en la American Sociological Review lo que denominó la dimensión cognitiva del trabajo doméstico: anticipar necesidades, identificar opciones, tomar decisiones y supervisar que todo se cumpla (Daminger, 2019). Es lo que popularmente se conoce como carga mental. Su trabajo mostró que esa dimensión invisible tiende a recaer de forma desigual y que suele pasar desapercibida incluso para la propia pareja que la reparte.
A la carga mental se suma la carga emocional: estar pendiente del estado de ánimo del otro, regular sus enfados, acompañar sus frustraciones, sugerirle que hable con un amigo o que vaya a terapia, traducirle lo que siente. Cuando una sola persona asume ese trabajo, la relación deja de ser un espacio de cuidado mutuo y se convierte en un espacio de cuidado unidireccional.
La pareja como un hijo más
La investigación ha puesto nombre a esta experiencia. En un estudio publicado en Archives of Sexual Behavior, Emily Harris, Aki Gormezano y Sari van Anders analizaron a más de mil mujeres con pareja masculina e hijos, en dos estudios independientes (Harris, Gormezano y van Anders, 2022). Encontraron que las mujeres que asumían una mayor proporción del trabajo doméstico tenían menos deseo sexual por su pareja.
El mecanismo resulta especialmente revelador. El efecto se explicaba en parte por la percepción de injusticia en el reparto, y en parte por algo más profundo: percibir a la pareja como un dependiente. Las participantes respondían a afirmaciones como «a veces siento que mi pareja es como un hijo más al que tengo que cuidar», y cuanto mayor era esa percepción, menor era el deseo. Los autores lo interpretan como una confusión de roles: cuando los papeles de madre y de pareja se difuminan, el deseo se apaga.
El estudio se realizó con mujeres en relaciones heterosexuales, que es donde la desigualdad doméstica sigue siendo más frecuente. Pero la dinámica de fondo, uno que sostiene y otro que se deja sostener, puede aparecer en cualquier pareja.
El resentimiento: la emoción que no se nombra
El resentimiento es la consecuencia más silenciosa de esta desigualdad, y también la más corrosiva. Nace de la acumulación de pequeñas renuncias que no se dijeron, de peticiones que se repitieron hasta el agotamiento, de la sensación de que el propio esfuerzo es invisible y de que el descanso propio depende siempre de haber organizado antes el del otro.
Muchas personas en esta posición se reconocen en el papel de quien regaña, de quien recuerda, de quien insiste. Es un lugar incómodo, porque nadie quiere ser la persona que persigue al otro con listas. Y es un lugar injusto, porque el reproche de «estás siempre encima» se dirige a quien sostiene, no a quien se deja sostener. El resentimiento, cuando no se expresa, se transforma en distancia, en frialdad, en irritabilidad o en un cansancio que nada parece aliviar.
Por qué se apaga el deseo
El deseo necesita algo de distancia y de admiración. Necesita poder mirar al otro como un adulto autónomo, con iniciativa, capaz de cuidar y de cuidarse. Cuando una persona se convierte en la gestora de la vida del otro, esa mirada se pierde. Es difícil desear a alguien a quien hay que recordarle que pida cita en el médico o a quien hay que explicarle cómo se siente.
A esto se suma el agotamiento. El deseo sexual se apoya en un sistema nervioso que se siente con espacio, sin amenaza y sin sobrecarga. Quien vive en estado de alerta, pendiente de todo lo que puede fallar, rara vez tiene acceso a ese estado de apertura. Como explico en «Pero el sexo era increíble», la calidad del vínculo es uno de los pilares de una sexualidad satisfactoria, y en muchas mujeres el bienestar en la relación es la condición que abre paso al deseo.
Lo que hay detrás de cada papel
Esta dinámica no siempre es solo un problema de reparto. A menudo encaja con historias previas. Quien acaba criando emocionalmente a su pareja suele haber aprendido pronto a hacerse cargo de los demás: hijos parentificados, que cuidaron de sus padres o de sus hermanos, que se sintieron valiosos solo cuando eran útiles, y que hoy encuentran natural volver a ese lugar. Es la misma raíz que la hiperindependencia: no pedir, no delegar, sostenerlo todo.
Del otro lado, quien se deja cuidar puede haber crecido con figuras que lo resolvían todo, o con dificultades para tolerar la frustración, la responsabilidad o el propio malestar. En algunos casos, la dependencia se usa de forma más o menos consciente para no asumir la parte que corresponde, y entonces el problema ya no es solo de hábitos, sino de responsabilidad afectiva.
Entender estas historias no sirve para repartir culpas, sino para comprender por qué el patrón se repite aunque los dos sepan que no funciona.
Cómo salir de la dinámica
El cambio no empieza por una lista de tareas, aunque a veces la incluya. Empieza por nombrar la desigualdad sin reproche, describiendo lo que ocurre y cómo se vive, y no solo lo que el otro no hace.
Requiere también que quien sobrefunciona deje espacio. Esto es más difícil de lo que parece: implica tolerar que las cosas se hagan de otra manera, que algo se olvide, que el otro tarde en reaccionar. Sin ese espacio, el otro no puede asumir su parte. Y requiere que quien infrafunciona asuma la responsabilidad completa de las tareas, incluida la parte invisible de recordarlas, planificarlas y comprobarlas, no solo la de ejecutarlas cuando se le pide.
En terapia de pareja, el trabajo consiste en desmontar el circuito: identificar qué mantiene a cada uno en su papel, qué miedos se activan al cambiarlo y qué heridas antiguas se reproducen en él. Y en terapia individual, quien lleva años sosteniéndolo todo puede empezar a preguntarse qué necesita, qué quiere y qué lugar ocupa su propio deseo en una vida dedicada a los demás. Abordajes como la terapia sistémica, EMDR y la Integración del Ciclo Vital ayudan a revisar esos mandatos aprendidos, dentro de un trabajo más amplio sobre pareja y vínculos.
De cuidadora a pareja
Cuidar es una de las formas más profundas de amar. Pero el cuidado que sostiene una relación es recíproco: se da y se recibe, circula en las dos direcciones. Cuando solo va en una, deja de ser amor compartido y se convierte en una forma de crianza que nadie ha elegido.
«No eres mi hijo» no es solo un reproche. Es una petición: la de volver a ser pareja de un adulto, alguien con quien compartir la vida en lugar de alguien a quien hay que sostener. Recuperar ese lugar no siempre es posible, pero cuando lo es, suele traer de vuelta algo que parecía perdido: la admiración, el descanso y, con ellos, el deseo.
Si te reconoces en esta dinámica, en el Gabinete de Psicología Ana Ocaña (sobre mí) acompaño procesos individuales y de pareja, de forma presencial en Chamberí y Alameda de Osuna (Madrid) y online. Puedes escribirme desde la página de contacto.
Referencias
Daminger, A. (2019). The cognitive dimension of household labor. American Sociological Review, 84(4), 609–633. https://doi.org/10.1177/0003122419859007
Harris, E. A., Gormezano, A. M. y van Anders, S. M. (2022). Gender inequities in household labor predict lower sexual desire in women partnered with men. Archives of Sexual Behavior, 51, 3847–3870. https://doi.org/10.1007/s10508-022-02397-2
Ana Ocaña Mateos · Col. M-28828 · anaocana.com
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© Ana Ocaña Mateos (M-28828) · Psicóloga sanitaria, +25 años de experiencia. Especialista en trauma, apego y crisis vitales. EMDR · Sistémica · Humanista · ICV · Counselling. Madrid y online. www.anaocana.com
Ana Ocaña Mateos · Psicóloga Sanitaria · Colegiada M-28828. Este artículo tiene finalidad divulgativa y no sustituye una evaluación psicológica individualizada.
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