Publicado el por Ana Ocaña Mateos, Psicóloga Sanitaria · Col. M-28828
«Si tenemos esta química, ¿cómo va a ser una mala relación?». La frase suele llegar al final de un relato largo, después de las discusiones que no se cierran, los silencios que castigan y las promesas que se renuevan cada pocas semanas. Es el último argumento, el que parece imposible de rebatir: en la intimidad todo encaja. Ahí hay deseo, cercanía, fusión. Ahí el vínculo parece, por fin, real.
Esta paradoja merece una lectura clínica cuidadosa. La intensidad sexual puede convivir con una relación que desgasta, confunde o hiere, y en ocasiones no es una garantía del vínculo, sino una de sus señales de alarma. La investigación reciente sobre apego y sexualidad ofrece claves precisas para entender por qué.
Un hallazgo que sorprendió a los propios investigadores
En 2025, un equipo del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional y Kapodistríaca de Atenas publicó en el International Journal of Environmental Research and Public Health un estudio con más de trescientas mujeres adultas con pareja estable. El objetivo era analizar cómo se relacionan el estilo de apego, la satisfacción con la relación y la función sexual (Kokka, Sotiropoulou y Mourikis, 2025).
Las mujeres con apego evitativo, caracterizado por la desconfianza hacia la dependencia y la dificultad para mostrarse vulnerables, obtuvieron las puntuaciones más bajas en casi todas las dimensiones de la sexualidad. Era lo esperable. Lo inesperado apareció en el otro extremo: las mujeres con apego ansioso, marcado por el miedo al abandono y la necesidad de confirmación afectiva, informaron de más excitación, más orgasmo y más satisfacción sexual. En satisfacción sexual superaron incluso a las mujeres con apego seguro.
Los autores proponen una interpretación que resulta central en la clínica del trauma relacional: la inseguridad emocional puede intensificar la intimidad sexual dentro de la pareja.
Cuando el sexo hace un trabajo que no le corresponde
La explicación conecta con décadas de investigación sobre apego adulto. Las personas con apego ansioso tienden a fundir intimidad sexual, vínculo emocional y amor romántico, y por eso interpretan una experiencia sexual satisfactoria como prueba de que la relación es sólida. Un encuentro gratificante calma temporalmente el miedo al abandono; uno negativo, o una negativa, se vive como señal de que el otro se aleja.
Birnbaum y sus colaboradores ya habían demostrado este mecanismo: en personas con apego ansioso, las experiencias sexuales positivas mejoran de forma inmediata la percepción de la calidad de la relación, y las negativas la deterioran (Birnbaum, Reis, Mikulincer, Gillath y Orpaz, 2006). Más tarde observaron que, en este perfil, el conflicto de pareja puede incluso aumentar la motivación sexual, porque el encuentro íntimo se convierte en la vía más rápida para recuperar la sensación de cercanía (Birnbaum, Mikulincer y Austerlitz, 2013).
Desde esta perspectiva, el sexo deja de ser únicamente un espacio de placer y pasa a cumplir una función de regulación emocional. Confirma que el otro sigue ahí. Tranquiliza. Repara, o parece reparar. Y aquello que alivia una amenaza se vive con una intensidad que la calma rara vez alcanza.
El peso de la sexualidad en la satisfacción de pareja: hombres y mujeres
El estudio de Atenas se centró en mujeres, lo que lo hace especialmente valioso en un campo donde la sexualidad femenina ha estado históricamente poco representada. Los propios autores vinculan sus resultados a expectativas sociales de género, como el mandato de estar en pareja para sentirse realizada o el esfuerzo emocional que muchas mujeres invierten en sostener sus relaciones. Pero la pregunta de fondo afecta a ambos sexos: ¿cuánto pesa la sexualidad en la sensación de que una relación funciona?
La evidencia apunta a más semejanzas que diferencias. Un análisis de redes con casi mil personas con pareja encontró que la satisfacción sexual y la satisfacción con la relación se conectan de forma muy parecida en hombres y mujeres, y que en ambos casos dependen del placer compartido, la comunicación sexual y la ausencia de malestar sexual. La diferencia más clara fue que, en los hombres, la frecuencia sexual aparecía unida de manera más constante a la satisfacción con la relación.
Algunos estudios sugieren además que la dirección del vínculo puede variar. En los hombres, la satisfacción sexual tiende a predecir cómo valorarán después la relación; en las mujeres, es la satisfacción con la relación la que predice con más fuerza la satisfacción sexual. Dicho de otro modo, en muchos hombres el buen sexo alimenta la sensación de que la relación va bien, mientras que en muchas mujeres el buen vínculo es la condición que abre paso al buen sexo. Y contra un tópico muy extendido, un análisis integrador de numerosos estudios encontró que las mujeres con pareja se declaran ligeramente más satisfechas con su vida sexual que los hombres.
Este matiz ilumina el hallazgo de Atenas. Si en la mayoría de las mujeres la sexualidad florece sobre la seguridad del vínculo, el apego ansioso invierte ese orden: la intensidad sexual no nace de sentirse segura, sino del intento de conseguir esa seguridad. Y cuando ocurre eso, la química puede crecer precisamente en las relaciones que menos cuidan.
El ciclo de tensión, conflicto y reconciliación
Muchas relaciones dañinas siguen un patrón reconocible: acumulación de tensión, conflicto o retirada afectiva, angustia y, finalmente, un acercamiento que lo transforma todo durante unas horas o unos días. En ese acercamiento el organismo pasa de la alerta al alivio en muy poco tiempo, y es ese contraste, más que el encuentro en sí, lo que se graba con tanta fuerza. El sexo de reconciliación no se recuerda como algo agradable, sino como algo que salva.
A ello se suma el efecto del refuerzo intermitente: cuando la recompensa afectiva llega de forma impredecible, el sistema de recompensa se implica más que ante un afecto estable. Es uno de los mecanismos centrales del vínculo traumático y una de las razones por las que resulta tan difícil marcharse.
Intensidad no es seguridad
El propio estudio de Atenas encontró que la satisfacción con la relación se asocia de forma positiva con la excitación, el orgasmo y la satisfacción sexual (Kokka et al., 2025). El bienestar del vínculo sigue siendo, por tanto, el pilar de una sexualidad sana. Lo que revela el dato sobre el apego ansioso es que existe una segunda vía hacia la intensidad, que no pasa por la seguridad sino por el miedo. Distinguirlas es clínicamente decisivo.
La seguridad afectiva se reconoce en lo cotidiano: poder expresar un desacuerdo sin temer represalias, saber qué esperar del otro, sentir que el propio malestar tiene lugar. La intensidad se reconoce por sus picos, y en una relación inestable los picos suelen ser el reverso de los valles. Por eso muchas personas que salen de una relación de abuso narcisista describen después sus vínculos estables como «tranquilos pero sin chispa». No les falta química; les falta la montaña rusa que su sistema nervioso aprendió a interpretar como amor.
La memoria que edita
Tras una ruptura, lo que regresa con más fuerza no son las noches de insomnio ni las humillaciones, sino los encuentros. La memoria emocional prioriza lo que tuvo mayor carga afectiva, y en una relación intermitente esos momentos suelen coincidir con la reconciliación. De ahí nace una convicción peligrosa: «lo que teníamos era único». En realidad, lo único no era la persona, sino el circuito de amenaza y alivio. Echar de menos esa química no es una señal para volver, sino la respuesta de un organismo al que se le ha retirado un estímulo habitual. El duelo tras una ruptura de este tipo necesita entender ese mecanismo para poder cerrarse.
Señales de alerta
Hay indicios que ayudan a distinguir una intimidad que nace de un vínculo sano de otra que sostiene una relación que no se sostiene por sí sola: que el sexo aparezca sobre todo después de los conflictos, como cierre; que fuera de la intimidad predominen la inseguridad, la confusión o el miedo a expresar necesidades; que la química se utilice como argumento interno para restar gravedad a conductas dañinas; y que tras el encuentro el alivio sea breve y la ansiedad regrese pronto. Ninguno de estos indicios constituye un diagnóstico, pero su coincidencia merece atención profesional.
Implicaciones terapéuticas
Kokka y sus colegas concluyen que las intervenciones sobre la salud sexual deben considerar a la vez el estilo de apego y la satisfacción con la relación, porque ambos forman parte de la calidad de la experiencia íntima, y subrayan la necesidad de superar un enfoque puramente biomédico o individual.
En la práctica clínica, esto implica retirar la culpa, porque sentir deseo intenso por alguien que hace daño es una consecuencia comprensible de cómo aprende el sistema nervioso cuando el afecto llega mezclado con la amenaza. Implica separar dos preguntas que suelen llegar fundidas: «¿me atrae esta persona?» y «¿esta relación me cuida?». E implica trabajar el origen: cuando la intensidad se vuelve imprescindible para sentir vínculo, suele haber una historia de apego inseguro y trauma relacional. Abordajes como EMDR y la Integración del Ciclo Vital permiten procesar esas memorias implícitas y ampliar la ventana de tolerancia a la calma, para que la seguridad deje de vivirse como aburrimiento. La terapia de pareja, cuando no existen dinámicas de abuso, ofrece además un espacio donde el cuerpo deje de ser el único lugar en que se repara el vínculo.
Aprender a desear en calma lleva tiempo. Al principio, una relación segura puede parecer más plana. Con el tiempo, el deseo que nace de la confianza adquiere otra profundidad: menos vértigo y más presencia. No es una química menor. Es una química que no necesita el miedo para encenderse.
Conclusión
La química sexual dice mucho del cuerpo y bastante menos del vínculo. Puede ser real, intensa y compartida, y aun así convivir con una relación que duele. El amor que cuida no se mide por la altura de sus picos, sino por lo que permanece cuando baja la marea. Es en ese terreno, más discreto y menos cinematográfico, donde la brújula interna vuelve a orientarse.
Si te reconoces en este patrón, en el Gabinete de Psicología Ana Ocaña acompaño procesos de trauma relacional, apego y recuperación tras relaciones dañinas, de forma presencial en Chamberí y Alameda de Osuna (Madrid) y online. Puedes escribirme desde la página de contacto.
Referencias
Kokka, I., Sotiropoulou, P. y Mourikis, I. (2025). The attachment type, relationship characteristics, and sexual function of women: Insights from a cross-sectional analysis. International Journal of Environmental Research and Public Health, 22(5), 794. https://doi.org/10.3390/ijerph22050794
Birnbaum, G. E., Reis, H. T., Mikulincer, M., Gillath, O. y Orpaz, A. (2006). When sex is more than just sex: Attachment orientations, sexual experience, and relationship quality. Journal of Personality and Social Psychology, 91(5), 929–943. https://doi.org/10.1037/0022-3514.91.5.929
Birnbaum, G. E., Mikulincer, M. y Austerlitz, M. (2013). A fiery conflict: Attachment orientations and the effects of relational conflict on sexual motivation. Personal Relationships, 20(2), 294–310. https://doi.org/10.1111/j.1475-6811.2012.01413.x
An exploratory network analysis of sexual and relationship satisfaction comparing partnered cisgendered men and women (2022). The Journal of Sexual Medicine. https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S1743609522005823
Women are slightly more sexually satisfied in their romantic relationships than men: An integrative data analytic approach (2025). Archives of Sexual Behavior. https://doi.org/10.1007/s10508-025-03317-w
Associations of sexual desire with demographic and relationship variables (2026). Scientific Reports, 16, 215. https://doi.org/10.1038/s41598-025-23483-0
Ana Ocaña Mateos · Col. M-28828 · anaocana.com
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© Ana Ocaña Mateos (M-28828) · Psicóloga sanitaria, +25 años de experiencia. Especialista en trauma, apego y crisis vitales. EMDR · Sistémica · Humanista · ICV · Counselling. Madrid y online. www.anaocana.com
Ana Ocaña Mateos · Psicóloga Sanitaria · Colegiada M-28828. Este artículo tiene finalidad divulgativa y no sustituye una evaluación psicológica individualizada.
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